Tenías que pasarme algún día, ¿No?
Y es que no terminas de ver,
el pavor que me da eso de dejarme llevar,
eso de que me nombres,
y simplemente comience a ser.
Siempre he odiado ser.
Porque siempre te nombran
para hacerte pertenecer,
y mira que aún llevo esta mirada
de aún no saber de huidas bonitas permaneciendo.
Que cualquier domingo
me levanto de mis penas
y me echo a correr entre el hastío
hecho lluvia.
Pero tú no lo entiendes,
que es bonito que te quieran las huidas,
también.
Y que te dejen ir,
sólo a unos silencios de distancia.
Sólo a unas pocas soledades,
de esas que se niegan a ser compartidas.
Que mires al cielo,
cuando me alejo,
para que me veas llover;
y entonces rías porque lo he logrado
que no, que entonces no mires al suelo,
buscando mis pesares en los que tanto me callo,
y tanto tú te ahogas.
Que si caigo, sea en ti,
aun así quedando adheridos al suelo,
que si no nos podemos levantar,
sigamos cayendo hacia el cielo.
Déjame seguir siendo sin querer ser,
déjame huirle al confort,
y deja de esposarme con futuros,
ellos y yo nunca hemos sido buenos amigos.
Sé incierto conmigo,
sé ese único rincón alejado de mi hastío,
existamos en soledad,
bailemos el silencio,
y olvidemos conjugar los verbos,
que sólo exista un tiempo.
Nosotros, hoy.