No puedo hacer que tus
caprichos quieran a los míos, ni tampoco puedo hacer que me importe.
No puedo querer a tus ganas,
mientras las mías están de libertinas entre otras olas de agua dulce.
Y no puedes hacer que me importe.
Y no puedes hacer que me importe.
No puedes cambiar, si en ti
no espero más que sinfonías de paso.
No puedes cambiarme, si de mí
no esperas más que encontrar lo que ni sabes que se te ha perdido.
Y no
podemos hacer que nos importe.
Que aún veo en tu mirada una
curiosidad por saborear la nada, pero mi displicencia te sabe a más, y entonces
ella retorna hacia mí, como quien no quiere la cosa, porque para no ser un
todo, es un demasiado, un suficiente.
Y entonces tú te arrinconas
en tus propias cunetas, como un chiquillo esperando ser mimado; mientras yo,
sólo busco en esa carita bonita, una buena explicación para darle a mi amigo el
reproche.
Y que vuelve
y juega
que ni nos importa.
