No veo cielo desde tus silencios,
ni lluvia bajo las nubes de tus pestañas.
No veo mi reflejo en el café cálido de tus pupilas,
ni veo risas desde los tejados de tu amnesia.
Que vamos dejando de ser esos tonos en verde
que pintaban los bosques desde nuestra ventana.
¡Y, ay! De aquellos inviernos que ya no nos contienen,
ni lo harán nunca más.
¡Y, ay! De aquellos verbos conjugados en futuro
que nos han dejado escapar entre los miedos.
Yo, que odio ser pasado entre tus parpados bonitos,
lluevo letras que se me van escurriendo entre los dedos
con toda tu esencia despintada.
Justo como se me ha escapado tu presencia en la corriente del olvido,
es que ya no encuentro maneras bonitas de terminar mis poemas,
porque terminando contigo,
pintando aviones de risas
en nuestro propio cielo
es que nos veo en cada sueño.
Y que me ando encaprichando,
con lo feliz que se era entre
tus carcajadas.
(Y sí, querido lector,
hablo mucho de su risa,
tal vez porque ha sido ese único hogar,
en el que supe habitar de verdad.)
jueves, 21 de mayo de 2015
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